
Quisiera…
aprender a patinar
y convertirme en un excelente nadador.
Despertar una mañana
y descubrir ante el espejo
aquel rostro de mis diez años,
aquellos ojos limpios, luchando entre cabellos
por eclipsar al sol con su brillo.
Andar ligero –o mejor aún, ¡volar!-
sin planos ni proyectos,
sin recuerdos ni olvidos,
sin doctrinas ni mandamientos,
sin callos ni sobrepeso.
Volver a dominar sobre los peces del mar,
las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes,
los reptiles de la tierra…
mis temores y mis sueños.
Torcer los caminos;
¡errar!
desengañarme;
enamorarme cada tarde,
llorar toda la noche;
y, junto a cada aurora,
renacer cada día.
Pero… llevo a todas partes
-como sombra-
mi dolor.
(Hizo Dios al hombre,
a su imagen y semejanza,
y añadió:
– Esta es la señal que establezco
con todos los seres vivos de la tierra.)
El Dolor…
ceñidor de espinas,
me hace vivir como forajido en la tierra,
humillado, oprimido, desterrado…
Cada paso una fuga fallida;
en vano intento dejarlo en el camino.
Mientras dure la tierra
habrá frío y calor,
verano e invierno,
día, noche… y Dolor.
Dolor Nuestro,
que estás en cada verso,
¿cómo haré para templar tus frías manos,
hacer crecer tu vientre,
conocer tus secretos,
soportar tus abrazos y no ahogarme en tu lecho?
He de amarte,
carne de mi carne,
hueso de mis huesos,
certeza de que aliento.
¡Ven desnudo!
Trae contigo todos tus besos,
he guardado para ti mis labios y mi pecho…
Y que el sol nos encuentre junto al mar,
cubiertos sólo por las olas,
exánimes, húmedos, dormidos…
Ya no más dos,
sino, por siempre, UNO,
libre del mal,
eterno.