He encadenado mis manos para no escribir de nuevo
he intentado amordazar la voz de mis adentros
creerme a fuerza de olvidos y de ruidos
que el mejor acorde en la sinfonía de esta vida
es el silencio.
¿Silencio? ¿Será que existe realmente el silencio?
Mi llanto… tus risas… murmullos… cantos… gritos: ¿silencio?
El carnaval que me habita
se vuelve incontenible
tras los muros de mi cuerpo.
Mi corazón –pobre y obstinado guerrero-
Se esfuerza en vano cada segundo
para terminar como un higo seco,
pues toda la sangre no basta
para saciar a estas huestes
que claman furiosas hasta quedar sin aliento.
Cae la tarde,
por fin la noche lo cubre todo de negro.
Un potente torrente intenta, una vez más,
atravesar la muralla y correr,
correr sin detenerse, sin destino, ni trayecto.
El frío castro –sólo y apagado- se agota
Sabe que no puede permitir tal motín
y escapar del juicio, la destrucción, el fuego…
De pronto, una blanca bandera,
tentadora, ondea a lo lejos.
Se atisba la paz, o al menos el consuelo.
Los capitanes, ¡Oh, mis capitanes!
aprietan entre sus manos el afilado acero
y empuñando con fuerza,
todos juntos -como fieles mosqueteros-,
descargan toda su rabia
contra el níveo estandarte,
que indefenso y sereno
soporta al ataque,
y… poco a poco se va tiñendo de azul,
¡se funde con el cielo!
Comienza ya a amanecer
Y, al arrullo de lágrimas
-junto al sol, siempre nuevo-
después de duras batallas
nace virginal el verso.
Me fascinan tus versos…es mágica esta poesía.
Por favor, Ángel, no dejes de escribir. Tienes un don, tienes enorme talento…
Aquí un fan absolutamente fascinado por tus letras.
Un saludo. Edu
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